¿Y si el libre albedrío que sientes al elegir fuera solo eso: una sensación… dentro de un universo (o de muchos) que ya lo tiene todo decidido?
Hoy me voy a salir un poco de la temática habitual del blog. No toca hablar de salud ni de nutrición, sino de filosofía y física cuántica: determinismo, libre albedrío y universos paralelos. En este artículo te cuento por qué creo que no tenemos libre albedrío y cómo encaja esa idea con la Interpretación de los Muchos Mundos de la mecánica cuántica.
Es un tema que me fascina. Yo, de primeras, escribo para mí: escribir me obliga a investigar, aprender, pensar y ordenar ideas. Escribo sobre lo que me gustaría leer y de la manera en que me gustaría que me lo contaran.
Después sigo la filosofía de mi admirado Robe Iniesta cuando decide qué canciones entran en los discos de Extremoduro, sin importar el género: «¿Me gusta? Sí, pues pa’ dentro». Es decir, si me gusta lo que he escrito, lo publico en el blog (o en un libro, si el tema da para tanto) por si a alguien más le pudiera interesar lo que a mí también me interesa.
Ojalá sea tu caso. Y si no, ningún problema: puedes saltarte este artículo; los siguientes volverán a la temática de siempre.
La idea de escribir sobre esto surgió a raíz de un episodio de Radio Fitness Revolucionario del 20 de noviembre de 2025, en el que Marcos Vázquez entrevista a Val Muñoz (Polymatas) sobre el libre albedrío. En esa conversación tratan una postura filosófica llamada incompatibilismo, que sostiene que el libre albedrío es incompatible con el determinismo: no pueden coexistir, hay que elegir.
Spoiler: yo soy incompatibilista y, además, determinista. Es decir, no creo en el libre albedrío. Todo empezó a tambalearse cuando conocí la Interpretación de los Muchos Mundos de la mecánica cuántica, propuesta por el físico Hugh Everett.
Vayamos por partes.
¿Qué es el determinismo, el libre albedrío y el incompatibilismo?
Determinismo
Es la idea de que, dadas las leyes de la naturaleza y el estado completo del mundo en un momento dado, el futuro queda completamente fijado. Es decir: con la misma historia previa y las mismas leyes físicas, lo que ocurre no podría haber sido de otra manera.
Libre albedrío
Es la capacidad (se supone que exclusivamente humana) de tomar decisiones propias, elegir entre alternativas y asumir la responsabilidad de lo que hacemos. En su versión “fuerte” (la que usaré aquí), significa esto: en la misma situación y con la misma historia previa, una persona podría haber actuado de otra manera. Es decir, nuestras decisiones no estarían fijadas del todo por el pasado y por las leyes naturales; en algún sentido profundo, seríamos autores de lo que elegimos.
Incompatibilismo
Es una postura filosófica que sostiene que el libre albedrío y el determinismo son mutuamente excluyentes: no pueden coexistir. O bien el universo es determinista, o bien existe libre albedrío, pero no ambas cosas a la vez.
Dentro del incompatibilismo suelen distinguirse dos posiciones:
- Libertarismo: niega el determinismo para salvar el libre albedrío.
- Determinismo duro: acepta el determinismo y niega el libre albedrío.
Mi postura
Creo que el universo es determinista. Y si todo lo que ocurre queda fijado por las leyes de la naturaleza y por el estado anterior del mundo, entonces no existe libre albedrío. Dicho de otra forma: si coges el estado completo del universo en un instante y le sumas las leyes de la naturaleza, el futuro queda completamente fijado. No hay «plan B»: dado ese pasado y esas leyes, solo puede ocurrir una cosa.
Llevado a lo personal: en cada momento no podrías haber hecho otra cosa distinta de la que hiciste. Y si no podías hacer otra cosa, hablar de «libre albedrío» como libertad de verdad (no como simple sensación de libertad) es, para mí, una ilusión.
Aquí es cuando suele aparecer la objeción: «Pero yo siento que elijo: puedo decidir A o B». Lo entiendo. Pero, tal como lo veo, esa decisión final está determinada por causas que tú no controlas: las leyes físicas, tus genes, tu educación, tu contexto, tus experiencias… Todo eso viene “dado” antes de que decidas y te deja en un estado mental concreto en ese momento. Y desde ahí solo puede salir la decisión que sale, no otra.
Dicho esto, yo no me quedo solo en la idea de que lo que sucede es lo único que podía suceder. Voy un paso más allá, hacia un determinismo aún más «profundo».
Aquí viene lo “loco”: creo que todas las cosas que podrían suceder (decisiones, hechos, caminos vitales) ocurren realmente, sí, todas a la vez, pero no en un único universo… sino repartidas en distintos universos o «ramas» de la realidad.
Y aquí entra en escena la Interpretación de los Muchos Mundos (IMM) de Hugh Everett, que me “atrapó” desde que la escuché por primera vez.
Pero antes, y como siempre, empecemos por el principio…
¿Qué es la física cuántica?
«Creo que puedo afirmar con seguridad que nadie entiende la mecánica cuántica».
Richard Feynman (The Character of Physical Law, 1965)
Lo más fascinante de la física cuántica es que, por muy “mágica” que parezca, funciona: aunque choque con la intuición, sus predicciones se han comprobado en miles de experimentos durante más de 100 años, con una exactitud impresionante.
Donde hay desacuerdo entre físicos no es en si la mecánica cuántica funciona, sino en cómo interpretarla; es decir, en qué implica realmente para nuestra “realidad”. En resumen: es cierta, pero no la entendemos.
Vamos al lío.
En física, a grandes rasgos, trabajamos con dos “mundos”:
- El macroscópico (física clásica): Newton, planetas, tú, coches, pelotas… Describe cómo se mueven los objetos grandes. En este mundo, las cosas tienen propiedades bien definidas (posición, peso, velocidad, etc.) y, si conoces bien el estado inicial, en principio puedes predecir lo que va a pasar.
- El microscópico (física cuántica): átomos, electrones, fotones… Ahí las reglas cambian. No siempre podemos predecir el resultado concreto de una medida; no se puede afirmar «la partícula está aquí y va así», solo se predicen probabilidades. Una partícula puede existir en varios estados a la vez (como “varias posibilidades coexistiendo”), y es al medir cuando obtenemos un resultado concreto (el que vemos).
Lo contraintuitivo no es «la partícula está en un sitio fijo pero no lo sabemos», sino que la teoría la describe como si pudiera estar en una superposición: varios estados posibles a la vez. Cuando nos movemos a una escala pequeña, el mundo se comporta de una manera que no obedece al sentido común
¿Cómo puede no haber un único resultado definido antes de medir?
Dado que en mecánica cuántica no podemos decir «la partícula está aquí y punto», para describir y predecir el posible estado de los sistemas microscópicos se usa una herramienta matemática llamada función de onda. A partir de ella se calculan las probabilidades de los distintos resultados que podríamos obtener si medimos. Es decir, nos dice qué cosas pueden pasar y con qué probabilidad, pero no nos dice qué veremos hasta que medimos.
¿Qué dice la interpretación de Copenhague?
En mecánica cuántica, el “colapso” significa que, al medir, la función de onda deja de describir varias posibilidades a la vez (superposición) y pasa a un único resultado concreto.
La interpretación de Copenhague, asociada al físico Niels Bohr, viene a decir:
- Antes de medir: el sistema está en una superposición de estados (algo así como «A y B a la vez»).
- Al medir: la función de onda “colapsa” y obtenemos un único resultado (A o B).
Según esta interpretación, un ente cuántico (partícula, electrón, fotón, etc.) no tiene propiedades bien definidas antes de ser medido. Las partículas cuánticas “están ahí”, pero no con propiedades concretas como en la física clásica, al menos hasta que interactuamos con ellas mediante una medición.
El gato de Schrödinger (crítica a Copenhague)
El físico Erwin Schrödinger criticó la interpretación de Copenhague por llevarnos a un “mundo fantasma”, en el que las cosas no se concretan hasta que interactuamos con ellas. Para mostrar las paradojas que aparecen al aplicar esta idea a sistemas macroscópicos, propuso su célebre experimento mental del gato.
Imagina una caja cerrada con un gato dentro, un mecanismo y un átomo radiactivo que tiene un 50% de probabilidad de desintegrarse en un cierto tiempo. Si el átomo se desintegra, el mecanismo activa un detector, se rompe un frasco de veneno y el gato muere; si no se desintegra, el gato vive.
Según Copenhague, mientras la caja está cerrada (es decir, mientras no medimos), el átomo está en una superposición de «desintegrado y no desintegrado», y eso arrastra al resto del sistema: el gato estaría en una superposición de «vivo y muerto» a la vez. Solo cuando abrimos la caja y miramos, el resultado se vuelve definitivo: vivo o muerto.
Schrödinger planteó esto para decir, en esencia: «¿De verdad vamos a aceptar que un gato está vivo y muerto a la vez hasta que alguien lo mire? Eso suena absurdo».
¿Qué propone la Interpretación de los Muchos Mundos?
En 1957, el físico estadounidense Hugh Everett propuso otra forma de ver la mecánica cuántica: una alternativa radical para evitar el problema del “colapso” (esa idea de que, al medir, se destruye la superposición y solo queda un resultado).
En su interpretación, la función de onda es real: describe la realidad tal como es, como un mapa de posibilidades, pero nunca colapsa. Las otras posibilidades no se destruyen al medir; la superposición no desaparece, sino que se “desdobla” en ramas.
Aplicado al gato de Schrödinger: el gato sigue en superposición de vivo y muerto incluso después de abrir la caja. El universo no elige un solo resultado; se ramifica en varios. El gato está vivo y muerto al mismo tiempo, pero en dos universos diferentes:
- En una rama, el gato está vivo y tú ves un gato vivo.
- En otra rama, el gato está muerto y una copia tuya (un “tú” en esa otra rama) ve un gato muerto.
¿Locura o genialidad de una mente visionaria? Puede que ambas.
Universos paralelos: un multiverso como un árbol de realidades
Cada vez que algo puede suceder de varias maneras (por ejemplo, una partícula va a la izquierda o a la derecha, un átomo se desintegra o no se desintegra), la realidad se divide en universos, en ramas:
- Uno en el que ocurre una cosa.
- Otro en el que ocurre la otra.
Todas las posibilidades suceden, pero repartidas en distintas ramas del multiverso. En muchos de esos universos paralelos habría copias de nosotros mismos viviendo vidas ligeramente distintas (o muy distintas); en otros ni siquiera existiríamos. Todos esos universos estarían “unos al lado de otros” en un sentido abstracto, pero no podemos sentirlos ni interactuar con ellos, ni viajar de uno a otro (salvo en las pelis de Marvel), porque están en decoherencia con nosotros.
Como idea es bastante impactante, ¿no? Aceptar que quizá haya infinitas versiones de ti mismo, cada una siguiendo un camino diferente dentro de un enorme multiverso.
¿Qué es la decoherencia?
Cuando ocurre una “ramificación” (por una medición o por la interacción con el entorno), cada resultado queda entrelazado (“enganchado”) con un montón de detalles del ambiente: fotones, moléculas de aire, vibraciones… A ese proceso lo llamamos decoherencia. Y por eso no vemos estos universos alternativos «en nuestra sala de estar».
Una analogía útil es la de la radio: solo puedes escuchar una emisora a la vez, en una frecuencia concreta. Si no tuvieras el botón para cambiar de emisora, pensarías que solo existe la que estás oyendo… pero no es así: hay muchas más, emitiendo a la vez en otras frecuencias. Con las ramas pasa algo parecido: existen, pero no podemos “sintonizarlas”.
***
Para quien quiera profundizar y le guste el formato vídeo, aquí dejo uno de los que más me han gustado: video de 11´.
Visión moderna de la IMM: Sean Carroll y las Superposiciones Mantenidas
«Si liberamos nuestras mentes de algunas maneras de pensar, intuitivas pero anticuadas, descubriremos que la mecánica cuántica no es irremediablemente esotérica o inexplicable. Es física, nada más. Por lo que sabemos en estos momentos, la mecánica cuántica no es solo una aproximación a la verdad; es la verdad».
Sean Carroll (La zorra y las uvas)
La propuesta de Hugh Everett fue durante décadas bastante marginal (muchos la veían como una rareza). Aunque hoy sigue sin haber consenso, en las últimas décadas la Interpretación de los Muchos Mundos se ha convertido en una opción cada vez más tomada en serio y defendida por físicos influyentes como Sean Carroll o Max Tegmark.
Sean Carroll es uno de los grandes defensores actuales de Everett, pero reformula la interpretación a su manera. Mantiene lo esencial de Muchos Mundos; lo que cambia es cómo la cuenta y cómo entiende eso de “muchos mundos”.
Con Everett se tiende a imaginar un “momento de división” literal del universo, que se bifurca cada vez que interactuamos con un sistema en superposición: como si de pronto aparecieran copias completas del universo “por arte de magia”. Carroll dice: no es un evento mágico; es un proceso físico gradual. El sistema, al interactuar con su entorno, se enreda con millones de cosas —aparato de medida, aire, luz— y así las alternativas se van separando, hasta quedar tan desconectadas que es imposible (en la práctica) que vuelvan a juntarse y producir efectos mezclados. Es como dos historias que empiezan juntas y, al añadirles miles de detalles distintos, ya no vuelven a coincidir.
Más que universos completos que se bifurcan y “aparecen”, Carroll prefiere hablar de superposiciones que se mantienen: no se destruyen, persisten y se propagan cuando interactúan y quedan entrelazadas físicamente con el entorno. Nosotros, como observadores, solo experimentamos una de esas historias, pero hay “otro tú” que experimenta la otra. Todo lo que puede ocurrir, ocurre, pero en diferentes ramas de un único universo cuántico. A nosotros nos parece que solo existe nuestra rama porque hemos entrado en decoherencia con las demás y ya no podemos interactuar con ellas.
Esta visión es también la que defiende el astrofísico español Héctor Socas-Navarro (video de 1h 40m).
Llegados a este punto, si todavía sigues aquí, seguramente te estés preguntando: ¿pero qué coj**** tiene que ver toda esta “locura” con el determinismo y el libre albedrío?
Vamos a verlo.
Conectando la IMM con determinismo y libre albedrío
Empecemos recordando algunas ideas clave:
- Antes de interactuar con una partícula, no es que esté en un sitio fijo y lo ignoremos: es que no hay una posición única definida antes de medir. Está en superposición de posibles estados.
- Por eso no podemos predecir un resultado concreto: la teoría cuántica trabaja con probabilidades.
- Las partículas subatómicas no son “otro mundo”: son este mundo. Todo está hecho de ellas. En el fondo, todo es cuántica.
Partiendo de ahí, la interpretación del universo de Everett (Muchos Mundos) es, paradójicamente, 100 % determinista. No hay azar en el sentido profundo: todo lo que puede suceder, sucede.
En Muchos Mundos, cuando ocurre algo “cuántico” con varias posibilidades (por ejemplo, que una partícula pueda ir a la izquierda o a la derecha), el universo no elige una opción al azar (no hay colapso), sino que se ramifica en varios mundos: en uno ocurre A; en otro, ocurre B.
Lo que está determinado no es en qué rama concreta te vas a encontrar tú, sino el árbol de ramas, fijado por el estado inicial del universo más las leyes físicas. Lo que llamamos “probabilidad” surge de que el observador solo experimenta una de esas ramas, no de que el universo “elija” al azar.
Por tanto, si con la misma historia previa y las mismas leyes físicas lo que ocurre no podría haber sido de otra manera —porque ya estaba determinado—, entonces yo creo que no existe libre albedrío.
Objeciones
La objeción más natural suele ser esta:
«Yo sí tengo libre albedrío. En la misma situación podría haber decidido A o B».
Y si además aceptas la Interpretación de los Muchos Mundos, puedes ir un paso más allá:
«Cuando decidí A en esta rama, hay otra rama donde una copia de mí decide B. Así que, en algún sentido, sí podía haber hecho otra cosa; de hecho, la hice en otro universo».
Mi respuesta es: sí, en otra rama hay un “tú” que hace B, pero eso no significa que tú, en esta rama, pudieras haber hecho B.
En cada rama hay una persona concreta, con un estado físico concreto (cerebro, recuerdos, contexto), que toma una decisión concreta. Ese “tú-A” de la rama A no podría haber hecho otra cosa en esa rama, dado su pasado y las leyes. Lo mismo con el “tú-B” de la rama B. No hay un yo único que pudiera ir por dos caminos: hay varios “tús”, cada uno recorriendo el suyo.
Una analogía: un rayo de luz que atraviesa un prisma. Antes del prisma parece un solo rayo; al pasar por él se separa en varios colores. No es que el rayo “pudiera haber elegido” ser rojo o verde; es que se divide en varios haces que coexisten. Algo parecido pasa con las ramas: la historia del universo se descompone en historias que ya no vuelven a mezclarse (decoherencia), y a esas historias las llamamos «ramas».
En mi opinión, esto no es libre albedrío, sino una multicopia de resultados fijada desde el principio. Tú no controlas el estado inicial del universo ni sus leyes; por tanto, tampoco controlas el árbol de ramas en el que ya están escritas, de antemano, todas tus decisiones y las de tus copias.
En cada rama, con el mismo pasado y las mismas leyes físicas, no podrías haber hecho otra cosa distinta de la que hiciste. Y aunque no compartas la Interpretación de los Muchos Mundos, si solo crees que hay una rama, el argumento es el mismo.
Entonces, ¿el destino ya está escrito?
Según la Interpretación de los Muchos Mundos de Everett, sí: el “destino” está escrito… pero hay que precisar de qué destino hablamos.
A nivel global, el multiverso completo —todas las ramas posibles— queda fijado desde el inicio por el estado cuántico inicial del universo y por las leyes físicas. En ese sentido, el gran libro del multiverso ya está escrito.
Lo que no hay es un solo destino para ti, sino un abanico: distintas versiones de “tú” viviendo caminos distintos en ramas distintas. Desde dentro de una rama solo ves una historia, que se despliega a partir de tus motivos, tu carácter y tus decisiones. No es que “da igual lo que hagas”: lo que haces es, precisamente, lo que define cómo es esa rama.
Falsa sensación de libertad y libre albedrío
Aunque “el destino esté escrito” a nivel del multiverso, nuestra experiencia subjetiva sigue siendo muy clara: sentimos que decidimos, que elegimos, que podríamos haber hecho otra cosa.
En Muchos Mundos, tu experiencia está ligada a una rama concreta. Antes de decidir, desde dentro de la historia, no sabes qué va a pasar: ¿acabarás en la rama donde eliges A o en la rama donde eliges B? Esa sensación de «tengo varias opciones delante» es incertidumbre subjetiva: aún no sabes qué resultado vas a experimentar.
La “apertura” que sientes no es libertad, sino falta de información sobre cuál de esas ramas vas a vivir como “tu futuro”.
En este marco, el libre albedrío fuerte —la idea de que, con el mismo pasado y las mismas leyes, tú podrías haber hecho otra cosa— no existe. Lo que existe es la sensación psicológica de decidir entre opciones.
La diferencia clave es esta: no es «yo podía haber hecho otra cosa en mi misma situación», sino «existe otra rama donde otra versión de mí hace otra cosa».
Y esa versión no eres “exactamente” tú: es otra continuación de ti, otro “tú” en otra historia.
La analogía de la división celular (mitosis) ayuda:
- Antes de dividirse, hay una célula.
- Después, hay dos células hijas.
No tiene sentido preguntar cuál «eligió ser» la célula original. No escogió ser una u otra: se convirtió en ambas. Del mismo modo, en Muchos Mundos no hay un yo único eligiendo entre caminos; hay varias continuaciones tuyas recorriendo distintos caminos que ya estaban contenidos en el mismo árbol determinista.
¿Dónde queda la responsabilidad?
Una reacción típica a todo esto es algo así: «Si no hay libre albedrío, entonces no soy responsable de nada. Si mato a alguien, “ya estaba escrito”, así que da igual».
Aquí, para mí, la clave es separar dos cosas:
- Responsabilidad metafísica fuerte: la idea de que podrías haber actuado de otra manera en un sentido profundo, “por fuera” de la cadena de causas. En un universo determinista, yo creo que esto no existe.
- Responsabilidad práctica: la idea de que eres una persona cuyas acciones causan daño real a otros y, por tanto, la sociedad tiene que reaccionar. Esto sigue teniendo todo el sentido.
Aunque no tengas libre albedrío en sentido fuerte, sigues siendo el agente a través del cual ocurren ciertos hechos: si haces daño, el daño lo causas tú. Por eso la sociedad responde: te juzga, te aparta, pone límites. Esa respuesta también forma parte de la cadena de causas y sirve para proteger a los demás y moldear conductas futuras.
El determinismo, en todo caso, explica por qué una persona llegó a ser como es (genes, entorno, experiencias, contexto…). Pero explicar no es lo mismo que excusar.
La conclusión razonable no es: «Como no hay libre albedrío, puedo hacer lo que quiera».
La conclusión razonable es más bien: «Como todos estamos determinados por mil factores que no elegimos, quizá debamos entender más y odiar menos… pero eso no quita que ciertas acciones sean inaceptables y deban ser impedidas».
Además, el determinismo puede aliviar —al menos un poco— esos remordimientos cuando pensamos que “tendríamos que haber actuado de otra manera”. Si entiendes que, dado tu pasado, tus genes, tu contexto y tu estado mental en ese momento, no podías reaccionar de otra forma concreta, es más fácil dejar de machacarte con el «tenía que haber hecho (o dicho) algo distinto».
Eso no borra las consecuencias ni lo que haya que reparar, pero sí baja la culpa tóxica: deja menos espacio para la idea de que eras perfectamente libre y elegiste mal “porque sí”.
¿Por qué me “atrapó” la Interpretación de los Muchos Mundos?
Si lo piensas un momento, que tú estés leyendo esto es casi imposible: depende de una cadena casi infinita de “casualidades”, y basta con que una sola no ocurra para que el presente sea otro.
Yo estoy escribiendo esto porque, en 2010, vi la película Los secretos del corazón, donde se hablaba de universos paralelos. Podía haber visto otra, pero vi esa. Aquello me despertó la curiosidad y me llevó a leer Mundos paralelos, de Michio Kaku, donde conocí a Hugh Everett y su interpretación. Años después escuché un episodio de Radio Fitness Revolucionario sobre libre albedrío y decidí salirme de mi temática habitual para escribir este artículo.
Y eso es solo una parte pequeña. Para que tú y yo existamos han tenido que darse cadenas enormes de hechos: que tus padres se conocieran, que los míos se conocieran, toda la historia de nuestros ancestros… que Everett naciera, estudiara física y escribiera su tesis, que un director hiciera aquella película, que yo me la encontrara justo en ese momento de mi vida… Si tocas mínimamente cualquiera de esos eslabones (o millones más), esta escena concreta —tú leyendo estas líneas— probablemente no habría ocurrido.
Es tan improbable, y tan increíble, que a nivel intuitivo me encaja mejor la visión de la Interpretación de los Muchos Mundos: todo lo que puede suceder, sucede. Es decir, una realidad cuántica (físicamente posible) con muchos caminos, y nosotros simplemente estamos en una de las ramas donde todas estas coincidencias se han alineado.
Si has llegado hasta aquí, gracias. Es posible que no estés de acuerdo conmigo, y me parece perfecto.
Lo que he contado no es una verdad demostrada, sino una postura filosófica apoyada en una interpretación de la física que, a día de hoy, no podemos distinguir experimentalmente de otras. No hay (de momento) una interpretación “verdadera” y las demás “falsas”; hay marcos distintos para pensar lo que la misma teoría cuántica nos permite calcular.
Yo, por ahora, me quedo con esta visión: un universo (o multiverso) determinista, Muchos Mundos y ausencia de libre albedrío fuerte. Pero también estoy abierto a que la ciencia del mañana me obligue a cambiar de opinión.
La tesis doctoral de Everett termina con esta sentencia:
«Debemos renunciar a la esperanza de encontrar una teoría correcta de las cosas… sencillamente porque no tenemos acceso a la totalidad de las cosas ni experimentamos todo lo que hay».
Amén.





























